1 de agosto de 2017

Despedimos nuestra cueva

Así está ahora la puerta, con la maleza haciéndose con todo.
Este año ya no acompañaremos a mi padre a por vino ni haremos ninguna merienda en la bodega. Hemos abandonado nuestra cueva. Se está cayendo y es peligroso entrar en ella. También el chabolo en el que hacíamos la merienda está ya abandonado. Al repisar la bodega que está abajo, se han agrietado las paredes y no está en condiciones de entrar en él.






El pasado verano fuimos una buena cuadrilla a vaciar la cueva, recoger lo recuperable, apurar los últimos litros de vino y a lo largo del año, mi padre ha ido recuperando muebles y enseres que habíamos ido acumulando allí.





La bodega de mi padre había sido de mi abuelo Teófilo y antes de su padre. Era una bodega grande, con un pasillo largo con varias salas. Una era nuestra cueva, otra la de Pedro Simonín que cuidaba Aurelio, su yerno, otra de Miguel el de Joaquina, que ya se cayó hace varios años y la última de Emiliano, el de Carmen, que no usaba desde hace años.

Hace ya seis años hubo un derrumbe importante en la bodega del fondo. Mi padre y Aurelio intentaron salvarla, cubrieron el hueco, pusieron postes de sujeción... pero el deterioro ya era evidente. Y puesto que el futuro que tenía tampoco era muy halagüeño, se resignaron a lo que parecía inevitable.

En nuestra cueva, en el antiguo avaciadero, ya había derrumbes que cubrían una de las cubas. También en la de Aurelio había bastante tierra caída sobre los cubetos... Él aún tenía la esperanza de recuperarse de su cáncer y poder seguir haciendo vino en casa... Desgraciadamente, falleció en diciembre sin poder cumplir su deseo.











Como digo, este verano fuimos hasta allí mi padre, Antonio el de Avelina, Javi, mi marido, Oier, mi hijo, Aurelio, Jose Manuel, el de Arsenio y yo misma. 


Con una goma vaciamos los cubetos que aún podían ser accesibles. 

Estos eran los cubetos de Aurelio, abajo, los de mi padre.



Mi padre, se apañará con lo que le queda en mil garrafas y allí, en la cueva semihundida, quedarán mil recuerdos desde que era niña y acompañaba a mi abuelo, la penumbra, el cuidado, no caigas por la zarcera, las historias de cuando se guardaban las patatas allí para que no se las llevaran los inspectores de Franco... Mil historias de la bodega que ya son pasado.

Hemos rodeado la zona hundida con una banda señalizadora, para evitar accidentes.
 





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